Adolescencia y Autoridad

La adolescencia como etapa madurativa y la autoridad como una de las funciones que le corresponde a los adultos, están sumamente vinculados en una relación estrecha y compleja.

Pensando en la representación de autoridad, se hace necesario discriminar algunas cuestiones que pueden confundirse y confundir la importancia que esta conlleva.

En primera instancia, se diferencia sustancialmente del autoritarismo, lo que implica arbitrariedad, imposición, rigidez e injusticia.

La autoridad como cualidad que algunos vínculos sostienen, se presenta tanto entre pares como en relaciones asimétricas diversas (padres, profesores). Aquí se hará referencia exclusivamente a la autoridad que está en juego entre el mundo adulto exogámico y el de la adolescencia.

La autoridad es aquel carácter que permite limitar a partir de determinadas reglas aquello que esta permitido, habilitado, de aquello otro que esta prohibido. Esto posibilita ordenar, estructurar, en tanto ofrece un marco de referencia a partir del cual se podrá transgredir, discutir, cuestionar o aceptar las pautas planteadas.

Aquellos que, en tanto lugar de autoridad, encarnan las normas, llevan implícita la función de la ley, legalidad habilitante o no, que con justificaciones varias pueden dar cuenta de los diversos criterios en juego. Esta regulación, en general, no es reducida a criterios exclusivamente personales sino que es enmarcada en contextos institucionales que trascienden y respaldan al adulto en juego.

“Una ley delimita, prohíbe y habilita, estructura y subjetiva. La ley pensada en términos fundantes de lo humano, como ley simbólica estructurante, es una ley que opera como límite, como borde de un espacio para la construcción de lazos y encuentros, para la sublimación y la acción creadoras. Es ley que inhibe y permite, que frustra y satisface. Es ley que habilita lugares, psíquicamente hablando, para la palabra y la subjetivización(1)”.

Al referirnos a la adolescencia como a la autoridad, en tanto construcciones socio-históricas, no es pertinente hablar en términos absolutos, ya que, por un lado, hay tantas adolescencias como adolescentes, y por otro lado, tantos estilos de autoridad como adultos que la encarnen.

Si bien se puede pensar delineamientos generales, no hay que perder de vista que la pluralidad y por ende la singularidad es importante a ser considerada. De esta forma nos encontramos con una temática que no puede plantearse mediante recetas para ser aplicadas indiscriminadamente. Cada caso tendrá su particularidad.

En la adolescencia se producen una serie de avatares psíquicos vinculados a la salida del mundo infantil para ingresar al mundo adulto. En este proceso de transición se van generando diversos conflictos.

La idealización de los padres que tuvo lugar en la infancia empieza a ser cuestionada, éstos comienzan a ser des-investidos para poder abandonar el nido familiar que los cobijó hasta ese momento. Comienzan a aparecer otros referentes adultos que van cobrando relevancia y con los que se establecen nuevos vínculos. Éstos pueden ser desde el amor como desde el odio, ambas vertientes sumamente necesarias.

Los nuevos lazos con adultos que se van estableciendo, permiten la constitución de la identidad desde una mirada propia, diferente a la de los padres. Lo cual conlleva idealizaciones, críticas y confrontaciones.

Que los adultos puedan sostener y resistir según sea el lugar que, en suerte, les toque, permitirá que la confrontación y por ende el reconocimiento de la propia singularidad se produzca, “la formación de un uno que no es un sí mismo, sino la relación de un sí mismo con otro(2)”. Tomarán prestados rasgos que le posibiliten pensarse tanto por afinidad como por oposición. También permitirá resguardarlos de ciertas descargas pulsionales riesgosas que en esta búsqueda adolescente están en juego.

Para que esto tenga lugar es necesario que los adultos, siendo quienes encarnan los lugares de autoridad, sostengan un discurso coherente en oposición a actitudes demagógicas, ya que éstas en tanto confusas, no permiten discriminar las diferencias y límites necesarios para que los chicos puedan identificarse o confrontar saludablemente.

La autoridad, como función simbólica, permitirá dar lugar a procesos de subjetivización, lo cual implica el reconocimiento de cada sujeto en su singularidad (otorgando la palabra a cada uno), la integración social estableciendo lazos sociales variados, la definición de la identidad y el resguardo de ciertas situaciones de riesgo.

A modo de síntesis, que la autoridad sea un otro que pueda ser nombrado, que se presente con claridad, permitirá a los adolescentes cierta estabilidad a modo de coordenadas que irán habilitando diversos caminos a recorrer en su crecimiento.

1. Habitar una ley. Una oportunidad para el aprendizaje de la convivencia, M. Beatriz Greco. Una ética en el trabajo con niños y jóvenes. Ensayos y Experiencias Nro.52.

2. Identidad es el otro nombre de la alteridad, Graciela Frigerio. Una ética en el trabajo con niños y jóvenes. Ensayos y Experiencias Nro.52

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