Evidentemente la dialéctica sigue moviendo a la historia. Desde las asonadas militares que sufriera Alfonsín en los 80, el país no discutía política.
La Argentina vive una democracia despolitizada. Algunos creen que es un fenómeno mundial, pero es muy peligroso en sociedades altamente inestables como las latinoamericanas.
Toda la disputa sobre la confrontación sobre “el campo” despertó la conciencia “debatidora” de buena parte de los argentinos y ese mismo debate (que parte de algunos presupuestos erróneos) es el que le explotó en la cara al gobierno de Cristina Kirchner.
Néstor Kirchner fue el que mejor entendió el mensaje de las cacerolas de 2001. El cuasi anárquico “que se vayan todos” escondía “que alguien gobierne, no nos importa cómo, ni lo que haga, pero que gobierne”.
Con semejante cheque en blanco, Kirchner se movió como pez en el agua y produjo algunos hechos notables, como el cambio de la composición de la Corte Suprema o la cancelación “en efectivo” de parte de la deuda externa. Hechos mirados con casi indiferencia por la mayoría de la sociedad, a pesar de su trascendencia.
Asimismo se movió con hermético automatismo en materia económica, con una creencia que el superávit fiscal y un importante colchón de dólares en el Banco Central bastarían para conservar el “status quo” actual.
Toda la política de Néstor Kirchner contribuyó a sostener la idea de la autonomía del estado sobre la sociedad. Sus decisiones por lógica serían inconsultas y votadas a libro cerrado en el Congreso o directamente por vía del decreto. Un ejemplo de esto fueron las atribuciones extraordinarias del Jefe de Gabinete en materia presupuestaria o la extensión de la “emergencia económica”. Es cierto que nada de esto molestó a gran parte de sociedad, que hasta mira (o miró hasta ahora) con sonrisa de argentino pícaro los índices de inflación diseñados por un funcionario.
Sin embargo el aumento de las retenciones al campo, desnuda varias cuestiones al mismo tiempo. Por un lado, la improvisación que mostró el equipo de gobierno. No hay que ser economista para saber que Argentina tiene más o menos el mismo perfil exportador de 1910. Es decir, un país agro exportador, por ende basado en el sistema agrario.
Un sistema agrario que. o bien por la habilidad de los sectores agrarios más concentrados, o bien por la tendencia a la simplificación de los medios de comunicación se transformó en la protesta del “Campo”. Desubjetivando el asunto.
La cuestión es que el gobierno sin el más mínimo criterio de planificación o, al menos, de observar la consecuencia de sus actos en el corto o mediano plazo, colocó al borde la extinción a los pequeños productores cuyos campos iban a ser absorbidos por las corporaciones del oligopolio cerealero. Pequeños productores que por supuesto se beneficiaron de la devaluación y que también apostaron a la soja, desplazando a otros cultivos.
Lejos de establecer pautas de análisis, mostrar criterios específicos y proyectos de desarrollo, el gobierno se “morenizó” y el mensaje fue “aumentamos las retenciones porque se nos da las ganas y hacemos lo que queremos”
Allí donde la clase media de los centros urbanos salen a protestar. Una protesta que viene macerándose desde hace tiempo y que tuvo la oportunidad de aflorar bajo la defensa de ese hombre de campo que trabaja de sol a sol, con una idea más cercana a la Familia Ingalls que a la alta tecnología que mueve el sistema agrario argentino.
Cabe preguntarse si un gobierno que se construyó bajo otro paradigma estará en condiciones de reciclarse bajo nuevas condiciones o correrá a estrellarse sobre el pavimento de los nuevos movimientos históricos de la democracia argentina.